14 de julio. Salida


Dos años hemos tardado en celebrar esta boda. ¡Dos años! Ha pasado una pandemia mundial, un embarazo y un parto, pero... ¡aquí estamos!, a punto de volar hasta Italia para celebrarla ¡más vale tarde que nunca! 

Estamos citados a las 12 en el aeropuerto de Sevilla. La expedición la formamos: Marga, Agustín, Paula y su novio Antonio, Sergio Monge, María Derqui, Guiomar y Darío con sus gemelos Marta y Pablo, María González, unos amigos de Marga y Agustín de Córdoba, y mi prole y yo. 

Han sido muchos los preparativos para que todo quede perfecto. Ya están en Italia la mayoría de las cosas que ha preparado Blanca para la celebración, como los photocall, los menús y varios regalitos para repartir entre los invitados, como unos pendientes y broches de origami que ha hecho Marga. Nosotros llevamos en la maleta los "tavernellos", unas tarjetas para saber en qué mesa se sienta cada invitado, porque tuvimos que modificarlas anoche tras varias bajas de última hora por el Covid. Y lo más curioso: a última hora han tenido que sacar un billete de avión (sólo ida) para el traje de la novia, para que vaya bien estiradito.

El ambiente en el aeropuerto no puede ser más festivo. Estamos locos por embarcar, pero mientras tanto nos sentamos a comer unos bocadillos que ha traído Paula, tan detallista ella. 

Por fin nos avisan por los altavoces para que embarquemos. Aquí nos dispersamos, porque cada uno entra por una puerta, así que nos perdemos de vista.

Nos sentamos, y cuando estamos a punto de despegar y vamos a apagar nuestros móviles nos sorprende un mensaje de Sergio diciendo que él y Marga no vuelan con nosotros, porque han olvidado traer un permiso para que Sergio, que es menor, salga del país. Eso justo detrás de una foto del padrino bajo el avión con cara de felicidad.

Caos total. No podemos hacer nada, no sabemos dónde está sentado Agustín y si se ha enterado, cosa que dudamos después de ver su foto. Los Monges y Blanca, que ya están en Italia, van mandando por el grupo diferentes combinaciones, para que puedan coger el siguiente vuelo. Despegamos. No nos queda más remedio que apagar los móviles.

¡Con lo ilusionada que estaba Marga en el aeropuerto, cual gallinita clueca, viendo a todos sus pollitos alrededor!

Ahora volamos camino de Roma ¡compuestos y sin Marga y Sergio!.


Por fin vemos desde la ventanilla del avión una preciosa vista de Roma desde el aire. Cuando aterrizamos nos lanzamos a encender los móviles cual adolescentes ansiosos, a ver qué ha pasado.

Nos cuentan que ya van en tren camino de Málaga, con el permiso correspondiente y el vuelo reservado. Llegarán a Roma a la una de la madrugada ¡pero llegan!

Al resto de la expedición, a la que se suman más invitados que venían en otros vuelos, nos recoge un autobús en el aeropuerto, y salimos rumbo a los Abruzzos comentando los acontecimientos y con el traje de novia colgado del techo al lado del conductor, bien estiradito y a la vista de todos, que no quede ninguna duda de que nos vamos de bodorrio. 

La carretera tiene túneles cada vez más largos, señal de que nos estamos adentrando en la gran cadena montañosa italiana, los Apeninos. De vez en cuando contemplamos por las ventanillas pueblecitos con sus casitas de tejas, encaramados en las montañas, y coronados por un castillo.

De pronto, en una montaña muy cerca de la carretera vemos un incendio que asola una zona boscosa. Hay por lo menos seis focos ardiendo. Una avioneta, a bajísima altura y casi al lado del autobús, suelta un gran chorro de agua sobre las llamas. ¡Qué susto!. El autobús da una curva y nos encontramos en la entrada el hotel LE GOLE, en Celano, que es donde nos alojamos. Tenemos el incendio al lado. 


¿Puede haber más aventuras en un solo día?

En el hotel vamos saludando a los invitados que han llegado antes y a los novios que nos reciben con Fernando. Dejamos las maletas en los cuartos y bajamos al restaurante, porque nos han preparado una gran cena a base de pizzas. 

Cuando estamos acabando, Marco y Agustín se levantan para ir a recoger a Marga y Sergio al aeropuerto. ¡Qué alegría, que duerman en Celano, aunque tengan que trasnochar!

Una curiosidad, el dichoso permiso no se lo pidieron nunca más ¡qué mala suerte!.



Comentarios

Publicar un comentario