15 de julio. Roccacasale y Sulmona



Blanca y Marco nos han preparado un día de preboda completito y muy intenso. 
Nos vamos juntando en la cafetería del hotel, mientras disfrutamos de un capuccino ante las maravillosas vistas de Celano que tenemos por las ventanas. En el fondo hay una gran montaña, que se llama MONTE SIRENTE. 

Cuando entra Marga con la sonrisa puesta, y como si no hubiera pasado nada, todo el mundo le aplaude.

A las 9,30 nos subimos a un autobús que nos va a llevar a conocer el pueblo de Marco, ROCCACASALE.

Desde lejos, cuando vemos por las ventanillas su perfil en la montaña, lo reconocemos por la invitación de boda. 



Las casas del pueblo van escalando montaña arriba, hasta la cima, donde hay un castillo en ruinas, el Castello De Sanctis, que impresiona porque está construido directamente sobre la ladera del Monte della Rocca.



Vemos la fachada de una iglesia que destaca desde lejos, porque tiene un gran arco de entrada. Es la  iglesia de San Michele Arcangelo, con una fachada del siglo XVIII. 

A mitad de camino nos espera Fernando, el padre de Marco, con el maletero de su fiat panda rojo abierto lleno de botellitas de agua fría, que agradecemos por el calor que hace.

La sorpresa viene cuando llegamos al castillo. Dentro del patio hay un edificio con una mesa larguísima llena de viandas, todas buenísimas y muy bien presentadas, que ha elaborado Rosa, la madre de Marco.  

Pasamos un rato magnífico, conociendo a los diferentes grupos de invitados, tanto italianos como españoles, y los novios haciéndose fotos con ellos. Desde el castillo se domina todo el pueblo. Los tejados de una casa acaban en la puerta de la siguiente. 

La mesa de Rosa va poco a poco quedándose vacía, comemos como limas y tenemos ganas de probarlo todo.

Los novios abren una botella de champán y brindamos con ellos. Derqui, Jose y yo empezamos a bajar la cuesta antes que el resto. Vamos recorriendo lentamente las calles del pueblo y fijándonos en cada detalle, saludando a los pocos parroquianos con los que nos cruzamos. Llegamos al final del pueblo, a una pequeña plaza donde están los conductores de los autobuses. Nos sentamos con ellos y hablan con Jose del tema universal que une a todos los hombres: el fútbol y futbolistas. Poco a poco van llegando los demás. 

Los autobuses nos llevan al siguiente punto que nos tienen preparado: ¡una comilona en el Ristorante Taverna Vecchia!. Está en la carretera, fuera del pueblo. El camarero se llama Yari y es simpatiquísimo, amigo de Marco. Nos sorprende que habla perfectamente español, sin ningún acento. La comida es apetitosa. 

Cuando salimos de allí, hace un calor de muerte. Un autobús lleva a los más perezosos al hotel a descansar, y los más osados nos vamos a SULMONA, el pueblo más grande de los alrededores, que es donde nació Ovidio, el "poeta del amor".
Habíamos leído antes de ir un artículo de El País, curiosísimo, sobre su exilio, que recomiendo para saber más del "sulmonense" más ilustre. Bueno, ese título lo tiene que compartir con otro personaje, SAN PÁNFILO, que tiene hasta catedral propia. No sabemos qué hizo este buen señor, pero si dio nombre a los pánfilos no dice mucho de él.

Es un pueblo robusto, recio, austero. Recorremos la calle principal, Corso Ovidio, llena de tiendas. María Monge se tiene que comprar allí la ropa de la boda, ya que en Roma le robaron su maleta justo al llegar, en el aeropuerto.

Pasamos por una iglesia abandonada, donde hay una exposición de arte contemporáneo, con unos enormes retratos de colores chillones, que conviven con los piadosos murales de las antiguas capillas. 

En muchas tiendas venden una especie de peladillas de colores, típicas de aquí, con formas de flores o de animales, se llaman "Confettis".

Llegamos a la estatua de Ovidio, y más adelante a la Piazza Garibaldi, una explanada donde se celebran unos torneos medievales con caballos, al estilo de los de Siena.

La plaza está delimitada por un acueducto gótico del siglo XII, y bajo los arcos están los invitados de una boda haciéndose fotos, con el fondo de una gran montaña. Miramos de reojo sus atuendos, para no desentonar mañana. Al lado hay una fuente con agua muy fresquita, la Fontana del Vecchio, y los restos de una iglesia muy rara, como sin terminar, a cuyos pies dos heladerías compiten por ser las más populares.




Hay una cosa que leo sobre esta zona y me impresiona. En Sulmona, durante la Segunda Guerra Mundial, hubo un campo de prisioneros, el campo 78, que cobijaba a soldados británicos, estadounidenses y africanos. A la caída de Mussolini los vigilantes huyeron, y se produjo una fuga masiva de esa pobre gente, que estaba tan lejos de sus casas. Desorientados huyeron por donde podían, muchos subieron por las montañas a esconderse. Todo el pueblo de Roccacasale acogió a alguno de ellos, a pesar de la pobreza que había dejado la guerra. Entre ellos estaba un poeta sudafricano, UYS KRIGE, que escribió un libro sobre ese periodo de su vida. Marco dice que en el colegio lo leían. También he leído que Natalia Ginzburg estuvo por esta zona de los Abruzzos escondida con sus hijos mientras su marido estaba preso.

El autobús nos recoge y nos vamos al hotel a descansar ¡que mañana tenemos bodorrio!

Comentarios