17 de julio. ROMA

 


Hoy nos despedimos de los Abruzzos con un magnífico sabor de boca.

A las 10,30 nos recoge un autobús para llevarnos a Roma. Algunos de los invitados se vuelven a sus casas en los primeros aviones, pero a un grupito de los "Monges con g" les han cancelado sus vuelos por la huelga, así que se quedan en Roma hasta mañana en un alojamiento cerca del nuestro, que está en Via dei Banchi Vecchi 35. Es un piso para 9 personas en el que nos quedamos la Derqui, Marga, Agustín, Sergio y los perezaguilera. 

Marga, Agustín y Sergio tienen una comida familiar de despedida en Roccacasale, así que se incorporarán por la noche.

Cuando llegamos al aeropuerto cogemos un tren hasta el Trastevere, pensando en que podríamos recorrer ese barrio tan pintoresco e ir andando a los apartamentos. Pero al bajarnos del tren notamos hace un calor húmedo insoportable, así que en cuanto vemos un taxi lo paramos. Dejamos las maletas en las respectivas casas y nos citamos en un bar cerca de la Piazza Navona, para tomarnos una cerveza bien fresquita.

Saciada nuestra sed, buscamos dónde aplacar el hambre. Alguien comenta que a Paula el taxista le ha recomendado una pizzería, y a falta de otra cosa decidimos buscarla. Es La Montecarlo (Viccolo Savelli 13). Todo un acierto: mesas largas, aire acondicionado, camareros simpáticos, buen precio... Es una pizzería popular, con las paredes llenas de fotos de gente que ha pasado por allí. 

Cuando acabamos nos vamos andando por el barrio que está entre la Piazza Navona y el río Tiber, y decidimos tomarnos un café. Me acuerdo de un sitio perfecto para nosotros: EL CHIOSTRO DI BRAMANTE. Lo descubrimos Miguel y yo en nuestro anterior viaje y es uno de mis paradas preferidas en Roma. 

Se trata del claustro de la CHIESA SANTA MARIA DELLA PACE, un claustro renacentista reconvertido en centro de arte contemporáneo. Lo hizo Bramante, otro de los grandes rivales de Miguel Ángel, que incorporó en su construcción el ideal del canon renacentista. En contraste total a esos cánones, el suelo del claustro está cubierto con cristales rotos, lo que le da un reflejo fragmentado muy curioso, aunque no sé qué diría Bramante. Bajo los arcos hay unas estatuas muy realistas de personas normales sentadas en sofás, pero en vez de cabeza tienen una roca enorme. Creo que es un acierto la combinación que han conseguido de lo antiguo con lo moderno, y encima sin colas ni aglomeraciones. Un oasis.



Y lo mejor, ¡que no solo de cultura vive el hombre!, arriba tiene un bar curiosísimo. Es un verdadero tesoro escondido. Aparte de las mesas que rodean el claustro, hay una sala con una curiosa decoración. Los colores del fondo van cambiando sutilmente del amarillo al morado, donde revolotean angelotes renacentistas que llevan en sus manos sardinas, pulpos... 

Hay una ventana en uno de sus lados que da al interior de la iglesia, justo enfrente de las Sibilas que pintó Rafael Sanzio, el pintor de Urbino, inspiradas en las que estaba pintando en ese momento Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que fue motivo de disputa entre ambos.

Tras el cafelito volvemos a tirarnos a las calles romanas. Pasamos por la fachada circular de la iglesia Sta. Maria della Pace, y entramos por un lateral a la maravillosa PIAZZA NAVONA

Es todo lo contrario al Chiostro. Esta gran plaza romana es un sitio bullicioso, lleno de vendedores ambulantes y de turistas que venden palos selfies o juguetes voladores. Nos sentamos bajo la Fuente los Cuatro Ríos de Bernini, que representa los cuatro ríos más importantes de los continentes que se conocían en esa época, 1651: el Nilo, el Danubio, el Ganges y el Río de la Plata. En el centro, encajado en las  esculturas de mármol de Bernini, hay un obelisco egipcio de 16 metros que perteneció al circo de Majencio. La plaza todavía mantiene la forma alargada del Estadio de Domiciano, donde se reunían unos 30.000 espectadores romanos para disfrutar de juegos atléticos.

Callejeando en dirección a la Fontana de Trevi, nos encontramos con la gran fachada de la IGLESIA DE SAN LUIS DE LOS FRANCESES. Suntuosa a más no poder, con mármoles de colores y columnas altísimas. Lo más destacado del interior es la Capilla Contarelli, decorada con un tríptico de Caravagio sobre el Martirio de San Mateo. Entre tanto lujerío y poderío hay un detalle la mar de cutre. Si no echas una monedita no se ilumina la capilla, y te quedas sin ver los Caravaggios. Cuando nosotros llegamos estaba iluminada, porque alguien se adelantó a echarla, pero es un poco cutre el tema.

Un poco más adelante vemos otra gran fachada y entramos. Es LA CHIESA DE GESÚ, el templo que construyeron los jesuítas para demostrar lo poderosos que eran en todo el mundo. La fachada es del mismo arquitecto que diseñó la fachada de San Luis de los Franceses, Giacomo dalla Porta. El techo es impresionante, parece que se abre para que los personajes suban al cielo. En una de sus capillas está enterrado Ignacio de Loyola. En otra el retablo está compuesto por reliquias: cráneos, huesos... y leemos en la guía que en otra está el brazo de San Francisco Javier... Pese a lo morboso que me está quedando el párrafo, no hay que llevarse a engaño. Merece la pena la visita.


Cuando salimos nos mezclamos con el gran río de turistas que vamos a la llamada de otra de las grandes atracciones romanas. Antes de salir a la plaza, en el atardecer romano, vemos la sombra de una gran escultura sobre la fachada de un edificio ocre, a la vez que se escucha con mayor nitidez el sonido del agua. Giramos la esquina y nos encontramos ante la FONTANA DE TREVI, que tiñe toda la plaza con reflejos celestes. A mí, personalmente, siempre me sorprende que a alguien se le ocurriera construir tan colosal fuente en la fachada de un edificio, y en una plaza tan pequeña en comparación a la fuente, que casi llega al final de la plaza.

Está abarrotada de turistas, así que como buenos españoles, nos abrimos paso a empujones hasta sentarnos en el poyete al borde del agua y cumplir con la tradición de echar la monedita para volver a esta gran ciudad. Se agradece el fresquito que sale del agua. Nos quedamos un rato viendo el espectáculo de la gente que se aglomera en la escalinata, de todas las razas y de aspectos muy diferentes, poniendo caras sonrientes para hacerse la típica foto. El suelo está pringoso y sucio, a pesar de que unos policías gritones vigilan y prohíben que los turistas se sienten allí a comer. Roma en general está muy sucia, pero estos sitios tan turísticos aún más. Hay pocas papeleras para tanta gente.

Tras cumplir nosotros también con la tradición de la monedita, decidimos parar de "culturear" y pasar directamente al gintonic. Como estamos cerca de casa de los Monge, paramos en un supermercado a comprar los ingredientes y unos aperitivos. Allí esperamos la llegada de Agustín, Marga y Sergio. 

Mis niños, que se fueron a descansar nada más terminar la comida, nos llaman para decirnos que están en el Trastevere con Paula y Antonio.


Tras la agradable charla, y risas llega la hora de la despedida. Los Monges salen por la mañana temprano, así que nosotros nos vamos caminando hasta nuestro piso, que está bastante cerca, y disfrutamos de nuestra primera noche romana. 

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